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11/10/12

Y tú, ¿te atreves?

Nuestro error, el de casi todos, es que nos resistimos al cambio. Se nos hace cuesta arriba, nos da pereza. Sea el cambio que sea. Y somos tan sumamente estúpidos, que nos resistimos a él aunque de él dependa nuestra felicidad.
Cada cual decide quedarse donde cree que puede resistir bien, pero no donde cree que puede ser absolutamente feliz.
Siempre hay excepciones, claro, y a esa gente la llamamos loca o diferente, o decimos “es que tiene una manera muy peculiar de ver el mundo”; y lo que hacemos con esto, etiquetando así a estas personas, es seguir autoconvenciéndonos de que total, nosotros no estamos tan mal donde estamos.
Discutía este tema con un amigo. Él es de estos últimos, de los que “no les hace falta nada para ser felices porque se conforman con lo que tienen”; cuando en realidad se conforman porque viven como han decidido vivir, no como se les ha impuesto o como se les ha ido viniendo encima; él vive de la forma que considera más plena, dirige su vida de manera que se considera verdaderamente feliz, o para no ser tan utópicos, de la que le hace ser un 99% feliz.
Me decía que puede que alguien esté convencido que sería totalmente feliz viviendo encima de una palmera, pero lo normal es que no se atreva a subir, porque a fin de cuentas, tampoco ha estado nunca ahí arriba, y como vive ahora tampoco se está tan mal. Mi opinión es que esa persona no sube a la palmera porque, aunque no dude que ahí arriba va a estar totalmente bien, probablemente tenga miedo a que un día llegue un vendaval y lo tire al suelo. Y la hostia sería importante, y se daría cuenta que lo que hizo, subiendo a esa palmera y dejando todo lo que tenía hasta entonces, fue la cosa más estúpida del mundo, pues tras la caída está magullado, dolido y sintiéndose perdido.
Mi amigo insiste que, si la palmera es lo que realmente quería; lo que realmente necesitaba para estar bien, la hostia sólo le haría darse cuenta que era cierto, y volvería a subir, a amarrarse más fuerte, para no caer en caso viniese otra racha de viento.
No sé, es un tema complicado. Escrito todavía lo resulta más. El caso es que me gustaría poder hacer click y, además de ver que él tiene razón (que lo veo), ser capaz de dirigir mi vida hacia esa felicidad plena y egoísta que trato en este texto y que nada tiene que ver con la paz mundial, la erradicación del hambre, y el resto de asuntos que podrían venir al caso.
Ahora mismo estoy acomodada y me creo feliz, aunque seguramente pudiese serlo mucho más tan sólo atreviéndome a trepar a lo más alto de esa palmera. Pero  sí, efectivamente, tengo pánico a una posible caída.
Salud,
Nür.