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4/12/12

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Escribir cuatro líneas, o una sola, y darle al back space hasta dejar la página en blanco de nuevo. Una, dos, tres, hasta quince veces, si se tercia.
Alboroto de ideas en la mente, remolino de teclas en las yemas, letras, letras, letras que forman palabras, que forman frases, que culminan con un punto; y mantener el back space pulsado hasta volver a la página en blanco.

A veces me siento aquí delante y soy capaz de escribir sin parar. Las ideas me salen a borbotones, y las plasmo en la pantalla. A veces me resulta tan sencillo que pienso en por qué no lo hago más a menudo; pero entonces llega un día como hoy en el que sientes que tienes muchas cosas que decir pero no sabes cómo, o en realidad no sabes si quieres, si te sientes capaz siquiera de escribirlas...

¿Os suena?

Salud,
Nür



21/11/12

Viva

Mi vida se tambalea.
No me disgusta, pero me pilla de nuevas.
Y me desconcierta:
A ratos soy felicísima.
A ratos me siento desdichada
y me lanzaría al vacío.

Mi vida se tambalea.
Y eso, precisamente, me hace sentir que estoy viva.

Salud,
Nür.

19/11/12

Hago "chas" y reapareces.

Todo empezó el día de mi cumpleaños: Una felicitación en Facebook, un mensaje de respuesta, y dos semanas después, estábamos tomando un batido en una cafetería.

Hay personas que aparecen en tu vida, y durante un tiempo están muy, muy cerca. Algunas de esas desaparecen tal y como llegaron, y otras, aunque parezcan desaparecidas, siguen estando ahí.
Tengo la total seguridad de que hay gente que ahora no está en mi día a día - un día a día bastante ajetreado, todo sea dicho de paso - pero que si en un momento dado levanto el teléfono, va a ser como si el tiempo no hubiese pasado. Quizá no sea mucha gente; quizá me sobren dedos en las manos para contarlas, pero existen, y me siento afortunada por ello, pues no es fácil encontrar a este tipo de personas.

Con una de estas increíbles personas me encontré después de mi cumpleaños: Una felicitación en Facebook, un mensaje de respuesta, y dos semanas después...

Hacía casi tres años que nos habíamos visto por última vez. Aquél día que viniste a este pueblito a entregar un paquete precioso para el entonces recién llegado Xavi Beruk. El encuentro fue breve. Yo era madre primeriza, novata, torpona, e ir cargada de bebé se me hacía complicado; y si a eso se le suma que no soy buena en las relaciones sociales, ya se puede uno imaginar lo que fue aquello.

Me felicitaste el cumpleaños, te pregunté cómo estabas, me dijiste que me tenías que contar, y quedamos. Sentí que congeniábamos. Iba dispuesta sólo a escucharte, a que me contases cómo te encuentras, en qué situación, qué sientes, cómo ves el camino; y sin embargo una simple apreciación tuya hizo que explotase, que hablase yo más que tú, que te contase más de lo que hubiese imaginado que te contaría. Y me sentí bien, y comprendida, sobre todo. Sentí que llevaba mucho tiempo queriendo quedar contigo para ponerte al día, y llegué a casa con energía renovada, y deseando escribirte un mensaje dándote las gracias. Lo hice por whatsapp; hoy lo hago públicamente:

Gracias, Silvia, por reaparecer tan llena de buenas visiones.

Salud,
Nür.

11/10/12

Y tú, ¿te atreves?

Nuestro error, el de casi todos, es que nos resistimos al cambio. Se nos hace cuesta arriba, nos da pereza. Sea el cambio que sea. Y somos tan sumamente estúpidos, que nos resistimos a él aunque de él dependa nuestra felicidad.
Cada cual decide quedarse donde cree que puede resistir bien, pero no donde cree que puede ser absolutamente feliz.
Siempre hay excepciones, claro, y a esa gente la llamamos loca o diferente, o decimos “es que tiene una manera muy peculiar de ver el mundo”; y lo que hacemos con esto, etiquetando así a estas personas, es seguir autoconvenciéndonos de que total, nosotros no estamos tan mal donde estamos.
Discutía este tema con un amigo. Él es de estos últimos, de los que “no les hace falta nada para ser felices porque se conforman con lo que tienen”; cuando en realidad se conforman porque viven como han decidido vivir, no como se les ha impuesto o como se les ha ido viniendo encima; él vive de la forma que considera más plena, dirige su vida de manera que se considera verdaderamente feliz, o para no ser tan utópicos, de la que le hace ser un 99% feliz.
Me decía que puede que alguien esté convencido que sería totalmente feliz viviendo encima de una palmera, pero lo normal es que no se atreva a subir, porque a fin de cuentas, tampoco ha estado nunca ahí arriba, y como vive ahora tampoco se está tan mal. Mi opinión es que esa persona no sube a la palmera porque, aunque no dude que ahí arriba va a estar totalmente bien, probablemente tenga miedo a que un día llegue un vendaval y lo tire al suelo. Y la hostia sería importante, y se daría cuenta que lo que hizo, subiendo a esa palmera y dejando todo lo que tenía hasta entonces, fue la cosa más estúpida del mundo, pues tras la caída está magullado, dolido y sintiéndose perdido.
Mi amigo insiste que, si la palmera es lo que realmente quería; lo que realmente necesitaba para estar bien, la hostia sólo le haría darse cuenta que era cierto, y volvería a subir, a amarrarse más fuerte, para no caer en caso viniese otra racha de viento.
No sé, es un tema complicado. Escrito todavía lo resulta más. El caso es que me gustaría poder hacer click y, además de ver que él tiene razón (que lo veo), ser capaz de dirigir mi vida hacia esa felicidad plena y egoísta que trato en este texto y que nada tiene que ver con la paz mundial, la erradicación del hambre, y el resto de asuntos que podrían venir al caso.
Ahora mismo estoy acomodada y me creo feliz, aunque seguramente pudiese serlo mucho más tan sólo atreviéndome a trepar a lo más alto de esa palmera. Pero  sí, efectivamente, tengo pánico a una posible caída.
Salud,
Nür.

12/7/12

¿Cuánto pueden significar dos días?

Miq en la bici, Xavi con la iaia y yo, supuestamente deshaciendo maletas, poniendo lavadoras, tendiendo ropa, recogiendo, planchando, organizando. Hacen falta unas vacaciones para descansar de la vuelta de vacaciones, leche.
Digo supuestamente porque en lugar de eso estoy aquí delante, aprovechando la calma, divagando sobre mis cosas.
Este año el tema de las vacaciones está complicado en la empresa en que trabajo. Tenía las dos primeras semanas de julio, y el último día antes de que empezaran, me comunicaron que no las podía tomar. ¡Pero si tengo un viaje pagado! Que lo cancelara, me dijeron; y eso, me van a perdonar, es algo que no entraba en mis planes. El planteamiento fue sencillo: Yo no cancelo nada. Me pagas el avión (de los tres), el hotel, y los puntos que he gastado de la Iberia Plus, y no me voy. Sencillo, ¿verdad?. Al final optaron por darme los días del viaje, única y exclusivamente.
Francamente, ganas de terminar un miércoles a las 19h de trabajar, hacerme la maleta, coger un avión el jueves por la mañana, irme de viaje, volver el miércoles a última hora y levantarme el jueves a las 6:20 para irme a trabajar no tenía en absoluto. Pero menos es nada, y al menos desconectaría y disfrutaría de unos días en Bélgica con mis dos pimpollos (Miq y Xavi, se entiende).
El cabreo, al oir la noticia fue supremo. El cabreo, los tres días que supuestamente tenía que estar de vacaciones pero estaba en la oficina, era totalmente visible. Y el cabreo, en el vuelo de vuelta a casa, era más que perceptible.
Y sin embargo, ¿qué hago aquí a estas horas si debería estar trabajando? Nadie, excepto Miq, que me vio pegar saltos de alegría, puede imaginarse la sensación que tuve cuando, en la escala en Madrid, encendí el móvil y recibí un sms de mi oficina que decía "Puedes seguir de vacaciones. Nos vemos el lunes. Disfruta estos días". ¡¡Dos días!! ¡¡Dos días más de vacaciones!! Esta mañana todavía no me podía creer que no tuviese que levantarme, vestirme, calzarme los tacones, maquillarme, y salir escopetada hacia el trabajo.

Hay a quien le cuentas esto y te dice que suerte que tienes que estás trabajando. Y no niego que sea una suerte tener un trabajo tal y como están las cosas, pero de ahí a pensar que por el simple hecho de tenerlo, tengamos que dejarnos explotar hay un paso. Un paso importante. La cosa está muy mal. Nadie tiene seguro nada, y en las empresas se dedican a jugar con el miedo y la incertidumbre de los trabajadores. Así, nos invitan a quedarnos haciendo horas que nadie nos va a pagar ni recompensar de ninguna manera. Nos invitan, pero ¡ay de ti como no te quedes!. Nos obligan a quedarnos sin vacaciones en verano porque ahora hacemos mucha falta. Después, ya veremos. En septiembre haremos falta por otros motivos, y en octubre, y en diciembre por ser fin de año y cierre de ejercicio. Bueno, no te pueden dejar sin vacaciones, ¿verdad? Si no tienes opción a cogértelas, no te preocupes, te las pagarán. ¡¡Y unos cojones!! Nadie quiere que le paguen las vacaciones. ¡Al menos yo no lo quiero! Lo que quiero es disfrutar de mi derecho a tener unos días en los que el despertador no suene de madrugada; lo que quiero es disfrutar de mi derecho a tener unos días en los que no tenga que tratar a los clientes; lo que quiero es disfrutar de mi derecho a pasar unos días con mi familia; lo que quiero, a fin de cuentas, es disfrutar de mi derecho a tener VA-CA-CIO-NES. Y eso no es tan díficil de entender, ¿a que no?.

Salud,
Nür