Podría decirse que a lo largo de mi ya no tan corta vida ha habido varios hombres, o chicos, o niños – a edades más tempranas. Unos pasaron fugazmente, y otros han aparecido para quedarse. Estos últimos son también, ahora, los hombres de mi vida; pero no serán, por más que quieran, el Hombre con mayúscula; porque éste, el que pasó a ser parte fundamental de mi vida desde el mismo momento en que nací, sólo es uno.
Mi padre es el hombre más inteligente que conozco. Se lo digo a menudo, y él se medio sofoca y se llena de orgullo a la par. Y es que es cierto; no es porque sea mi padre; no es porque yo sufra ningún tipo de complejo de Edipo; ni porque conozca a poca gente. Simplemente es que lo pienso de verdad. No ha habido jamás una duda que no haya sabido responderme. No ha existido el momento en que haya pensado que algo de lo que me ha enseñado ha sido inútil.
Mi padre ha cuidado de mi hermano y de mí como pocos hombres (lamentablemente) lo hacen con sus hijos. Cuando mi madre trabajaba de noche, por las mañanas, nos llevaba de excursión. Cada fin de semana a un sitio diferente. Cargaba en el coche a los dos petardos que éramos, y allá que nos íbamos a la sierra, a un pantano, a la playa, de compras o donde hiciese falta para que no estuviésemos en casa dando guerra.
No sé la opinión que tendrá mi madre de él como marido, pero la mía como hija no puede ser mejor. Por horarios, en casa siempre ha cocinado él, y recuerdo con ilusión los viernes por la tarde, cuando yo todavía vivía en casa, que nos íbamos los dos a hacer la compra de la semana. Él fue quien me enseñó que no siempre el paquete de 12 rollos de papel higiénico sale más barato que dos de 6 de la misma marca y calidad. Que el pack ahorro no suele serlo tanto, y que no por comprar en el 3x2 sales siempre ganando.
De él adquirí la pasión por los libros. En casa se ha leído siempre mucho: No puedo recordar a mis padres de otra forma, estando en casa, que no sea en el salón, cada uno con un libro en las manos. Pero una cosa es leer y otra que los libros te apasionen. A él le apasionan, y por él, a mí también. Su máxima siempre ha sido que “gastar” el dinero en libros no es gastar, sino invertir, y he pasado a hacerla mía.
Por él me gustan las motos. Por él me gusta la cocina. Por él me gustan las plantas. Por él (y por mi madre) me considero afortunada por la educación que he recibido. Porque me han enseñado a pensar por mí misma, y me han dejado actuar libremente y hacerme responsable de mis actos. Por él, y por ella, por ellos, estoy educando a mi hijo de la manera que considero correcta. Pero hoy hablo de mi padre, sólo de él, porque es su cumpleaños, y no encuentro mejor manera de felicitarle que plasmando en mi rinconcito de la red, al alcance de cualquiera, la opinión que me merece.
¡Felicidades, papá!
26/11/11
28/09/11
Principios (y finales): El libro electrónico.
Hace dos años, por reyes, Miq me-se regaló un Kindle. Cuando nadie sabía qué era eso, cuando era de los pocos que había y costaba una verdadera pasta, y cuando de ninguna de las maneras podías encontrar un libro de actualidad en castellano que meterle.
Digo me-se porque yo no lo quería. Porque no me hacía ninguna ilusión. Porque intentó regalármelo por mi cumpleaños y le dije que ni se le ocurriera. Pero llegaron los puñeteros Reyes Magos, y me-se lo trajeron (dos meses después de haber dicho que ni en pintura quería verlo). Me-se lo trajeron porque a él le apetecía toquetearlo, saber qué era, cómo funcionaba, y le podía venir bien para sus cosillas. Cogí tal cabreo que no le dejé tocarlo. Era mío, ¿no? Pues eso: "no, no te lo puedes llevar, que lo estoy usando". Y él lo veía ahí, en la estantería, ocupando un mínimo lugar al lado de los muchos libros de verdad que tengo, cogiendo polvo, con la batería descargada; y no veía ninguna intención en mí de cogerlo y hacer algo con él. Pero me respetó. (It's my party and I cry if I want to)
Soy fanática de la lectura. Me encanta encontrar un hueco diario para leer, y me gusta tener libros. Muchos libros. Sueño con tener una librería de pared a pared repletita de ellos y haberlos leído (o intentado) todos y saber decir de qué va cada uno, si me gustó o no, si lo tuve que dejar porque en sus 20 primeras páginas no consiguió engancharme. Me gusta tocarlos, pasar las páginas deprisa, levantando una brisita y olerlos. Me gusta manosearlos y que se note que han ido conmigo durante unos días en el bolso, de aquí para allá, de allá para aquí.
No me gusta leer lo que todo el mundo lee; los libros que hasta quien no lee se lee porque están de moda, así que no podré hablar de Los Pilares de la Tierra, de momento. No digo que no lo vaya a leer nunca (nunca es demasiado tiempo), pero no lo hice cuando todo el mundo lo leía, cuando parecía que no existía otra cosa en el mundo. (Idem de lo mismo con el Código DaVinci, y unos cuantos más). Soy así de radical, ¿qué le vamos a hacer? y tengo mis manías. Ésta es una; otra es que dificilmente compraré un libro con tapa dura. Lo haré si no me queda más remedio, si no existe la edición de bolsillo o la de tapa flexible y de verdad es un libro que quiero leer, pero no busco que mis libros queden bonitos en el salón de mi casa y hagan juego con el marco de fotos que tienen al lado. Busco practicidad, que pesen lo menos posible, que se doblen, que no se me duerman los brazos o se me hinquen en el pecho si leo tumbada sosteniéndolo en alto.
Así que ya podéis imaginar la gracia que me hacía a mí el dichoso Kindle. Un libro electrónico. ¡¡Si te caben mil libros dentro!! ¿¡Y para qué quiero yo mil libros ahí dentro si sólo leo uno cada vez!? Pero así no se te estropea en el bolso (...) Pero así no tienes que cargar con un tocho de 700 páginas a donde quiera que vayas (...) Pero así, pero así, pero así.
Y hoy, ¡válgame!, me sorprendo con el Kindle en el bolso. Con no sé cuántos cientos de libros que me cargó mi madre (que ya se ha comprado su propio e-book y es adicta a descargarse libros que nunca leerá), y cuatro más que me descargué yo solita, sin que nadie me obligara, el lunes; de los cuales, por cierto, ya me he leído uno.
¡Y qué leche, Nicolás! cada vez me doy más cuenta que los principios que uno cree tener; que las cosas por las que uno se cree especial, diferente, peculiar, no son más que circunstancias momentáneas, pues al final te dejas llevar, razonas, sopesas, y caes en la cuenta que igual esos principios no son más que cabezonerías y que no estaban tan arraigados como pensabas. Como bien dijo Groucho Marx: Estos son mis principios, y si no te gustan, tengo otros.
Salud,
Nür
PD: Si alguien me lee en facebook, sabrá que ya empleé esa frase de Groucho con el tema del carro-bastón de Xavi Beruk (algún día en el blog, prometido). Otra prueba más de lo que menciono anteriormente. Voy a crear una serie especial para estos posts en los que me demuestro que no soy tan diferente al resto del mundo, al fin y al cabo. La llamaré "Principios (y finales)", y veremos cuántos salen.
Digo me-se porque yo no lo quería. Porque no me hacía ninguna ilusión. Porque intentó regalármelo por mi cumpleaños y le dije que ni se le ocurriera. Pero llegaron los puñeteros Reyes Magos, y me-se lo trajeron (dos meses después de haber dicho que ni en pintura quería verlo). Me-se lo trajeron porque a él le apetecía toquetearlo, saber qué era, cómo funcionaba, y le podía venir bien para sus cosillas. Cogí tal cabreo que no le dejé tocarlo. Era mío, ¿no? Pues eso: "no, no te lo puedes llevar, que lo estoy usando". Y él lo veía ahí, en la estantería, ocupando un mínimo lugar al lado de los muchos libros de verdad que tengo, cogiendo polvo, con la batería descargada; y no veía ninguna intención en mí de cogerlo y hacer algo con él. Pero me respetó. (It's my party and I cry if I want to)
Soy fanática de la lectura. Me encanta encontrar un hueco diario para leer, y me gusta tener libros. Muchos libros. Sueño con tener una librería de pared a pared repletita de ellos y haberlos leído (o intentado) todos y saber decir de qué va cada uno, si me gustó o no, si lo tuve que dejar porque en sus 20 primeras páginas no consiguió engancharme. Me gusta tocarlos, pasar las páginas deprisa, levantando una brisita y olerlos. Me gusta manosearlos y que se note que han ido conmigo durante unos días en el bolso, de aquí para allá, de allá para aquí.
No me gusta leer lo que todo el mundo lee; los libros que hasta quien no lee se lee porque están de moda, así que no podré hablar de Los Pilares de la Tierra, de momento. No digo que no lo vaya a leer nunca (nunca es demasiado tiempo), pero no lo hice cuando todo el mundo lo leía, cuando parecía que no existía otra cosa en el mundo. (Idem de lo mismo con el Código DaVinci, y unos cuantos más). Soy así de radical, ¿qué le vamos a hacer? y tengo mis manías. Ésta es una; otra es que dificilmente compraré un libro con tapa dura. Lo haré si no me queda más remedio, si no existe la edición de bolsillo o la de tapa flexible y de verdad es un libro que quiero leer, pero no busco que mis libros queden bonitos en el salón de mi casa y hagan juego con el marco de fotos que tienen al lado. Busco practicidad, que pesen lo menos posible, que se doblen, que no se me duerman los brazos o se me hinquen en el pecho si leo tumbada sosteniéndolo en alto.
Así que ya podéis imaginar la gracia que me hacía a mí el dichoso Kindle. Un libro electrónico. ¡¡Si te caben mil libros dentro!! ¿¡Y para qué quiero yo mil libros ahí dentro si sólo leo uno cada vez!? Pero así no se te estropea en el bolso (...) Pero así no tienes que cargar con un tocho de 700 páginas a donde quiera que vayas (...) Pero así, pero así, pero así.
Y hoy, ¡válgame!, me sorprendo con el Kindle en el bolso. Con no sé cuántos cientos de libros que me cargó mi madre (que ya se ha comprado su propio e-book y es adicta a descargarse libros que nunca leerá), y cuatro más que me descargué yo solita, sin que nadie me obligara, el lunes; de los cuales, por cierto, ya me he leído uno.
¡Y qué leche, Nicolás! cada vez me doy más cuenta que los principios que uno cree tener; que las cosas por las que uno se cree especial, diferente, peculiar, no son más que circunstancias momentáneas, pues al final te dejas llevar, razonas, sopesas, y caes en la cuenta que igual esos principios no son más que cabezonerías y que no estaban tan arraigados como pensabas. Como bien dijo Groucho Marx: Estos son mis principios, y si no te gustan, tengo otros.
Salud,
Nür
PD: Si alguien me lee en facebook, sabrá que ya empleé esa frase de Groucho con el tema del carro-bastón de Xavi Beruk (algún día en el blog, prometido). Otra prueba más de lo que menciono anteriormente. Voy a crear una serie especial para estos posts en los que me demuestro que no soy tan diferente al resto del mundo, al fin y al cabo. La llamaré "Principios (y finales)", y veremos cuántos salen.
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Principios (y finales)
24/09/11
Emociones
Es alucinante ver como el pequeño repollo va creciendo y conviertiéndose en una personita. Siempre que pienso estas cosas me viene a la mente esa mítica frase de Les Luthiers que dice, a propósito de los niños, que "podríamos incluso afirmar que son seres humanos"; ¡qué grandes Les Luthiers!.
A sus dos años y pocos meses, Xavi ha aprendido a expresar emociones, así que ahora todo lo que acontece en nuestro día a día es lo más de lo más. Te pide que le pongas el DVD de Little People, y cuando le dices que claro, que se lo vas a poner, se pone a saltar exclamando "Estic content, mama!". Y yo le digo que me alegro mucho, que me gusta verle contento, y me pregunta entonces si yo estoy contenta, y de la alegría que nos da, los dos saltamos y nos emocionamos. ¡Qué tremendo acceder a poner el DVD!
Y de la misma manera te dice si está triste, o te pregunta si tú lo estás, y te dice que está enfadado, o te pide que no te enfades - y que no chilles, claro. Porque no puedes estar siempre pidiéndole que baje el volumen, que no se habla chillando, y perder luego los estribos y empezar a gritar como una energúmena (que se dan ocasiones, sí, por mucho que intentes no hacerlo; pero de esto de las incongruencias educacionales ya hablaré en otro post; que da para mucho).
Así que así vamos, Xavi Beruk haciéndose mayor, y con él yo, que estoy a punto de cumplir los treinta y tengo así como un nudo no sé dónde. Un malestar interior que no sé describir. Curioso: uno aprendiendo a expresar emociones, y otra olvidando, o mejor dicho, desconociendo la manera de hacerlo. No todas, coñe, pero ésta, ésta que me corroe por dentro por la proximidad al cambio de prefijo. ¡Ay!
Salud,
Nür
A sus dos años y pocos meses, Xavi ha aprendido a expresar emociones, así que ahora todo lo que acontece en nuestro día a día es lo más de lo más. Te pide que le pongas el DVD de Little People, y cuando le dices que claro, que se lo vas a poner, se pone a saltar exclamando "Estic content, mama!". Y yo le digo que me alegro mucho, que me gusta verle contento, y me pregunta entonces si yo estoy contenta, y de la alegría que nos da, los dos saltamos y nos emocionamos. ¡Qué tremendo acceder a poner el DVD!
Y de la misma manera te dice si está triste, o te pregunta si tú lo estás, y te dice que está enfadado, o te pide que no te enfades - y que no chilles, claro. Porque no puedes estar siempre pidiéndole que baje el volumen, que no se habla chillando, y perder luego los estribos y empezar a gritar como una energúmena (que se dan ocasiones, sí, por mucho que intentes no hacerlo; pero de esto de las incongruencias educacionales ya hablaré en otro post; que da para mucho).
Así que así vamos, Xavi Beruk haciéndose mayor, y con él yo, que estoy a punto de cumplir los treinta y tengo así como un nudo no sé dónde. Un malestar interior que no sé describir. Curioso: uno aprendiendo a expresar emociones, y otra olvidando, o mejor dicho, desconociendo la manera de hacerlo. No todas, coñe, pero ésta, ésta que me corroe por dentro por la proximidad al cambio de prefijo. ¡Ay!
Salud,
Nür
13/09/11
Xavi y el Moose
Estando en Alaska, durantes nuestro viaje de "fin de novios" o "luna de miel", como gusta a la gente llamar, compramos un libro. Varios, en realidad, pero uno muy especial; uno que compramos para quien todavía era un esbozo de nuestro proyecto de mate/paternidad.
Es un libro infantil que cuenta la historia de un osezno a punto de meterse en la madriguera a hibernar. El osito se va despidiendo de las plantas y animales que encuentra a su paso, hasta que se esconde, con su madre, a pasar el frío del invierno alaskeño. Lo peculiar del libro es que nombra las plantas y animales típicos de Alaska (Good Night, Alaska, se llama el cuento).
Es un libro que le leo casi cada noche a Xavi desde que llegó. Es en inglés y no espero que entienda cada palabra, pero le gusta oirme en un idioma que no entiende del todo, se lanza y repite algunas palabras, y, estoy segura que desde bien pequeño entiende la idea general. Uno de los animales de los que se despide el osito es un Moose (un alce americano), y se nombra muy de pasada, pero si hay algo que me alucina, es la mente tan maravillosa que tiene mi churumbel (imagino que el resto también, pero a Xavi es al que conozco de cerca).
Xavi Beruk dependía del chupete para dormir. Iba todo el día sin, pero cuando le entraba sueño lo pedía, y, sin él, no era capaz de dormirse. Esto a mí me asustaba porque temía el día que llegara el momento de quitárselo, de decirle que ya era mayor para llevar chupete... y resultó que ese día llegó solo.
Una noche, antes de cumplir los dos años, se nos hizo tarde en casa de mi suegra, y, por no marearlo mucho, lo acosté allí. Como no había sido algo preparado, no teníamos chupete a mano, y, aunque Xavi no hacía más que pedirlo, conseguí que se durmiera explicándole que el chupete estaba en casa, que al día siguiente lo cogeríamos. Durmió toda la noche de tirón, y ¡esa era la mía!, ¡si había dormido una noche sin chupa, podría dormir el resto de su vida!. A la noche siguiente, en casa, la explicación fue a la inversa: "nos hemos dejado el chupete en casa de la iaia". La tercera noche llegó el bombazo: Xavi pidió el chupete, le dije que no habíamos ido a recogerlo y me dice, todo serio, "se l'ha dut el moose per al bebé". ¡Claro! ¿cómo no se nos había ocurrido? El moose se había llevado el chupete para su bebé, que era pequeñito y le hacía falta.
No se lo dijimos nosotros, se le ocurrió a él, y, como digo, eso fue antes de cumplir los dos años.
El otro día Xavi se encontró con su amiguita Mireia, de la guarde. Mireia llevaba el chupete puesto, y la conversación de ambos fue la siguiente:
Xavi: Mireia, què fas amb la chupa? (Mireia, ¿qué haces con chupete?)
Mireia: ¿Xavi no tiene chupa?
Xavi: Se la va dur el moose ( Se la llevó el moose)
Mireia: Yo no tengo moose
Por este tipo de escenas es por las que te arrepientes de no vivir con una videocámara integrada en la montura de las gafas :)
Salud,
Nür
Es un libro infantil que cuenta la historia de un osezno a punto de meterse en la madriguera a hibernar. El osito se va despidiendo de las plantas y animales que encuentra a su paso, hasta que se esconde, con su madre, a pasar el frío del invierno alaskeño. Lo peculiar del libro es que nombra las plantas y animales típicos de Alaska (Good Night, Alaska, se llama el cuento).
Es un libro que le leo casi cada noche a Xavi desde que llegó. Es en inglés y no espero que entienda cada palabra, pero le gusta oirme en un idioma que no entiende del todo, se lanza y repite algunas palabras, y, estoy segura que desde bien pequeño entiende la idea general. Uno de los animales de los que se despide el osito es un Moose (un alce americano), y se nombra muy de pasada, pero si hay algo que me alucina, es la mente tan maravillosa que tiene mi churumbel (imagino que el resto también, pero a Xavi es al que conozco de cerca).
Xavi Beruk dependía del chupete para dormir. Iba todo el día sin, pero cuando le entraba sueño lo pedía, y, sin él, no era capaz de dormirse. Esto a mí me asustaba porque temía el día que llegara el momento de quitárselo, de decirle que ya era mayor para llevar chupete... y resultó que ese día llegó solo.
Una noche, antes de cumplir los dos años, se nos hizo tarde en casa de mi suegra, y, por no marearlo mucho, lo acosté allí. Como no había sido algo preparado, no teníamos chupete a mano, y, aunque Xavi no hacía más que pedirlo, conseguí que se durmiera explicándole que el chupete estaba en casa, que al día siguiente lo cogeríamos. Durmió toda la noche de tirón, y ¡esa era la mía!, ¡si había dormido una noche sin chupa, podría dormir el resto de su vida!. A la noche siguiente, en casa, la explicación fue a la inversa: "nos hemos dejado el chupete en casa de la iaia". La tercera noche llegó el bombazo: Xavi pidió el chupete, le dije que no habíamos ido a recogerlo y me dice, todo serio, "se l'ha dut el moose per al bebé". ¡Claro! ¿cómo no se nos había ocurrido? El moose se había llevado el chupete para su bebé, que era pequeñito y le hacía falta.
No se lo dijimos nosotros, se le ocurrió a él, y, como digo, eso fue antes de cumplir los dos años.
El otro día Xavi se encontró con su amiguita Mireia, de la guarde. Mireia llevaba el chupete puesto, y la conversación de ambos fue la siguiente:
Xavi: Mireia, què fas amb la chupa? (Mireia, ¿qué haces con chupete?)
Mireia: ¿Xavi no tiene chupa?
Xavi: Se la va dur el moose ( Se la llevó el moose)
Mireia: Yo no tengo moose
Por este tipo de escenas es por las que te arrepientes de no vivir con una videocámara integrada en la montura de las gafas :)
Salud,
Nür
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